Es mejor aprender sin explicaciones

/ junio 2, 2021/ Filosofía/ 0 comentarios

El sistema de enseñanza basado en explicaciones es un sistema que embrutece. Esta idea fue popularizada en Europa en la primera mitad del siglo XIX por el pedagogo francés Joseph Jacotot. Ya en la modernidad, sus enseñanzas fueron retomadas por el filósofo argelino Jacques Rancière en su obra titulada El maestro ignorante1. La historia que da vida a esta conclusión filosófica es la siguiente: Joseph Jacotot, hombre a favor de la revolución, tuvo que salir huyendo de Francia cuando los borbones lograron recuperar el poder (temporalmente). El rey de los Países Bajos le ofreció asilo en Lovaina. Allí trabajó como profesor de medio turno enseñando francés y literatura francesa. Sin embargo, los estudiantes querían recibir clases de otras asignaturas en las que se supo que Joseph Jacotot también era especialista, como era el caso de la oratoria y el derecho. La sorpresa llegó cuando los estudiantes, sin saber francés y sin recibir explicaciones debido a la barrera del idioma, lograron comprender textos en francés que Jacotot les había asignado intentando complacer el deseo de los estudiantes.

El principio embrutecedor

                Este hecho marcó el inicio de una aventura intelectual. ¿Cómo esos estudiantes pudieron comprender algo que no se les había explicado? Los estudiantes sólo tenían un texto con el contenido que debían aprender, pero no las explicaciones del maestro para garantizar que lo lograran. La conclusión de Joseph Jacotot es que se podía aprender lo que se quisiera siempre y cuando se invirtiera el orden establecido por el sistema educativo. El sistema educativo parte de un principio de desigualdad: el estudiante es ignorante y el profesor es el que puede sacarlo de esa ignorancia elevándolo a su nivel a través de un método de enseñanza. Sin embargo, ese principio lo que hace es establecer una dualidad; un sistema excluyente. De un lado, están los que saben, y del otro los que andan improvisando y hablando cosas estúpidas. Se crea una especie de menosprecio comunitario hacia aquellas personas que no han pasado por los protocolos del sistema educativo. Al final, se instaura una sociedad en la que hay una desconfianza hacia las propias capacidades intelectuales porque se necesita la aprobación de los sabios profesores o especialistas.

El método es importante

                No hay que eliminar los métodos, sino cambiarlo por otro más honesto: el método del azar. Para los grandes intelectuales, tradicionalmente, el azar es una cosa mala, algo que hace perder tiempo y que no ayuda a saber más. Pero infinidad de hechos muestran lo contrario. Aprendemos de mejor manera las cosas que vamos conociendo por azar. El ejemplo más universal es el del idioma materno. Cuando lo aprendemos, lo hacemos escuchando, repitiendo, equivocándonos y volviendo a repetir.  También la ciencia, en sus raíces, es azar. Para llegar a conclusiones fiables, ha pasado por el método del azar. ¿Qué ventaja tiene el azar en un mundo donde para todo hay una explicación dada por especialistas? Simplemente que nos hace valernos de nuestro cerebro, nos lleva a usar nuestras capacidades y en vez de asumir una actitud pasiva, como es el caso de la pedagogía de los sabios, se asume una actitud creativa y de confianza en las propias capacidades. Cuando el hábito es valernos de las respuestas de Google o de otra persona, lo que termina sucediendo es que se cultiva el complejo de inferioridad y se lacera la capacidad intelectual.

Maestro, pero emancipador

                El método del azar no anula la importancia de tener a un maestro o maestra. Lo que el método del azar exige es que la persona que asuma el rol de enseñar lo haga como emancipador y no como atontador. Emancipador es aquella persona que de alguna u otra manera obliga a la persona que aprende a usar sus propias capacidades para encontrar las respuestas que busca. La persona que emancipa es la que ayuda a combatir el complejo de inferioridad y la psicosis del mundo dividido en inteligencias superiores e inferiores. Para lograrlo, quien enseña debe hacer que los estudiantes entren en lo que Jacques Rancière ha llamado ¨el círculo de la potencia¨. En este círculo no hay una inteligencia subordinada o dependiente de otra, sino dos voluntades que se encuentran. Una voluntad que quiere aprender y otra voluntad que quiere que la otra persona aprenda por sí misma. De alguna u otra manera, el maestro o maestra, lo que debe enseñar es que no sabe, así la persona que quiere aprender tendrá que buscar y encontrar por sí misma. La vulnerabilidad del maestro o de la maestra es la clave. Esta es la invitación de Jacotot, el maestro que enseñó que lo que debemos enseñar es lo que ignoramos.

1J. Rancière. El maestro ignorante, Barcelona, Laertes, pp.: 9-63, 2003.

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