El Sócrates adormecido

Angel Germosen/ octubre 5, 2021

“Existe un Sócrates adormecido en cada explicador”.

J.RANCIÈRE. El maestro ignorante, Barcelona, Laertes, 2003, p. 43.

Los que no conocen la mayéutica, por lo menos han escuchado hablar de su principal promotor: Sócrates. La mayéutica era el método de enseñanza utilizado y promovido por el filósofo para que sus interlocutores formaran y fortalecieran sus conocimientos. Comúnmente se ha considerado que la mayéutica es un método que educa para la libertad. Es decir, un método que hace de sus usuarios personas críticas que no repiten lo que otros dicen sin cuestionar y reflexionar sobre esas ideas que han escuchado. Sin embargo, aquí consideraremos otro punto de vista de la mayéutica. Uno en el que la veremos más como límite y barrera del pensamiento crítico que como método asombroso del que siempre se dicen elogios.

Un método que eduque para la libertad y el pensamiento crítico debe dejar que la persona que aprende se enfrente con sus límites y salga de la situación en la que se encuentra con su propia capacidad intelectual. El problema con la mayéutica es la sabiduría del maestro que conduce el método. Sócrates, considerado el hombre más sabio de su tiempo, ya sabía las respuestas de las preguntas que hacía a sus interlocutores. Es muy difícil que el sabio, que ya sabe la respuesta, pregunte para que sus interlocutores se encuentren con su propia capacidad intelectual y se empoderen de ella. Por el contrario, el sabio pregunta aquellas cosas que van llevando a la respuesta que ya conoce. Es lo que Sócrates hace con la ironía, la duda y todas sus preguntas: lleva a la persona que quiere saber al punto donde ya puede afirmar “esto hace más sentido”, “esto parece mejor”. Sin embargo, ¿está esa persona emancipada? Cuando tenga otra cosa que quiera saber ¿buscará la respuesta y se hará las preguntas por sí misma o seguirá acudiendo al sabio para que la guíe?

“Sócrates debe llevar de la mano al esclavo para que éste pueda encontrar lo que está en sí mismo. La demostración de su saber es al mismo tiempo la de su impotencia: no caminará nunca solo”.

J.RANCIÈRE. El maestro ignorante, Barcelona, Laertes, 2003, p. 44.

Para lograr emancipar a alguien, el primer paso es estar uno mismo emancipado. Lo más importante es reconocerse como igual a los demás en cuanto a la capacidad intelectual, pero junto a esto, mantener el balance para no llegar a creerse superior. Esta conciencia ayuda a que confiemos en la capacidad intelectual, pero también mantengamos cierta distancia hacia ella. Con la duda se  mantiene cierta apertura que permite el diálogo y el respeto pleno de las aventuras intelectuales de los demás. Todo esto lo afirmamos porque queremos establecer claramente que los maestros deben estar para sus estudiantes, pero no como guías de ciegos, sino como testigos de sujetos intelectuales. La invitación es tener una pedagogía en la que el centro no esté en la verificación del resultado, sino en la verificación de la atención que se puso para llegar a dicho resultado. Lo más importante es preguntar sobre lo que se ha hecho para llegar a X o Y, no si X o Y son la respuesta correcta. Con esto, la pedagogía cambia de lógica. Ya no es saber una cosa para salir del paso y ganar estatus, sino vivir un proceso que lleve a la toma de conciencia de las propias capacidades intelectuales.

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