Contra el determinismo

Angel Germosen/ octubre 6, 2021

“(…) La justicia ha de consistir en hacer lo que le corresponde a cada uno, del modo adecuado”.

PLATÓN. La República, IV, 433b.

Siempre ha existido cierta inclinación a creer en el destino. Sin embargo, también luchamos por la libertad. Una de las tantas paradojas que vivimos los seres humanos. Para Platón estaba claro que cada persona tenía una función social desde su nacimiento hasta el día de su muerte. Unos habían nacido para ser gobernantes y debían educarse y comportarse como tales, otros habían nacido para ser artesanos y debían actuar en consecuencia. Esta era la forma de hacerle justicia al Estado: cumpliendo con aquello para lo que se había nacido. Sin embargo, para un pensamiento que cree firmemente en la libertad y en la capacidad que tiene el ser humano de gobernar su vida, esta idea de justicia resulta chocante.

La idea de justicia de Platón resulta ser un yugo que lleva a la mediocridad. Digamos que un abogado quiere ser pintor o que una actriz quiere ser empresaria, ¿sería una injusticia para el Estado el que se exploten y aprovechen nuevas capacidades y talentos? ¿No sería una injusticia para esas personas el tener que conformarse a vivir bajo un determinado rol? Aunque esto suene propio de otro tiempo, muchas personas continúan viviendo bajo estos ideales: los hijos que estudian derecho como sus padres porque también deben ser políticos, las personas que no aprenden cosas nuevas porque entienden que no es importante y que no forma parte de sus vidas el saber cosas distintas a las que ya saben. La invitación es que se entienda este patrón no como algo heroico sino como algo mediocre y, en consecuencia, se avance a lo que sí es lo que nos corresponde: seres intelectuales que pueden hacerse y rehacerse de acuerdo a sus voluntades y necesidades.

El problema de la mediocridad también está impulsado por la manera en la cual se ha organizado la sociedad. Ejemplo de esto es lo que conocemos como la especialización. ¿Qué es un especialista? El especialista, es el que enfoca toda su capacidad intelectual para dominar un área concreta del conocimiento. Sin embargo, ¿es la sociedad de los especialistas una sociedad en la que estemos sacando provecho de nuestras capacidades intelectuales? Hay dos razones por las que esto no es así. La primera es que al especializarse en algo lo que se hace es encerrar la capacidad intelectual de una persona para que pueda responder eficientemente a las necesidades específicas de la estructura social en la cual existimos. El médico debe ser un buen médico y para eso debe dedicarse a su especialización, nada más. La segunda es que el resto de la sociedad desarrolla una dependencia hacia los especialistas. Si tengo una pregunta, en vez de pensar y valerme de mis capacidades intelectuales para encontrar una respuesta y aprender algo nuevo, lo que haré será preguntarle a “los que saben”. Esto da paso a una sociedad atontada.

La salida de todo esto es la toma de conciencia en la acción. Al actuar debemos examinar las acciones intelectuales de las cuales somos sujetos. ¿Qué significa eso? Cuando actuamos, sin darnos cuenta, estamos valiéndonos de nuestras capacidades intelectuales. Sin embargo, al hacerlo sin detenimiento no se toma conciencia de esto y sigue la cultura del atontamiento donde unos se educan para cumplir el rol de transmisores de conocimiento y otros el de consumidores pasivos. “El pensamiento no es un atributo de la sustancia pensante, es un atributo de la humanidad”. Toda persona es un ser pensante y puede elegir a qué cosa dedicar sus capacidades. Sin embargo, cuando se hace la elección se debe tener siempre presente que ha sido una elección y no una determinación que ha sido establecida por entidad superior de la cual no se puede escapar.

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